Si he
de hacer una reflexión personal sobre el proceso de aprendizaje que he llevado
a cabo al realizar el trabajo en equipo sobre el tema de la coeducación en la
filmografía de princesas, en primer lugar hablaría de satisfacción personal ¿Pero
por qué satisfacción? Pues, por que tras un largo proceso de investigación, de
búsqueda de fuentes bibliográficas y audiovisuales, de debates sin fin con mis
compañeros de grupo, de contraste de la información encontrada, he podido
sentir que podía aportar mi granito de arena a un campo tan y tan estudiado
como el de la transmisión de los
estereotipos de género en las películas
de princesas de Disney.
Es
decir, he podido aportar modestamente un argumento nuevo en esta temática.
Y ¿Cómo,
os preguntaréis, un alumno de educación infantil sin grandes conocimientos en comunicación
audiovisual ha podido encontrar un vacío donde poder elaborar una opinión nueva
sobre este tema? La respuesta es fácil:
encontrando una película recién estrenada sobre la que aún no se han realizado
muchos estudios, Brave, la última película de princesas de Disney.
El
hecho es que este nuevo film supone una ruptura de la estrategia de la factoría
Disney en cuanto a los modelos femeninos presentados hasta ahora. De la
princesa (Cenicienta, Blancanieves, Bella, Ariel…) sumisa han pasado a la chica
independiente (Merida). Las normas de género transmitidas hasta nuestros días
de princesa en princesa, estaban cayendo en un anacronismo disfuncional y por
tanto estaban perdiendo su eficacia a nivel económico e ideológico. En este
contexto, y aquí me he de quitar el sombrero ante la inteligencia de esta
productora cinematográfica, Disney ha tenido la gran idea de que para que este
cambio sea efectivo, el nuevo estereotipo femenino, Mérida, había de ser
presentado y aceptado por el anterior simbolizado en la película en la figura de su madre. De esta manera, la transición se hace de una
forma no traumática, lo que permite salir airosas a tantas princesas sumisas
que han sobrevivido en los nuevos tiempos de la mujer liberada.
Y
esta es mi hipótesis, que apenas ha sido esbozada en el estudio realizado con
mis compañeros sobre los estereotipos. Me gustaría profundizar, buscar más
detalles para fundamentar más la idea, pero, a pesar de mi entusiasmo, el
tiempo y el Plan Bolonia me lo impiden, así que me quedo con la satisfacción de
este pequeño hallazgo cinematográfico, que para un cinéfilo como yo es un gran
tesoro.
A continuación os dejo con el texto
incluído en el trabajo grupal, donde desarrollo un poco más la teoría de la
transición de los dos estereotipos: De la princesa sumisa a la chica
independiente:
“… Llegados a este punto, cabe preguntarse
cuánto tiempo ha podido mantenerse de manera eficaz este tipo de discurso de
género iniciado en Cenicienta, de forma
que la distancia con la realidad social de la mujer haga imposible la identificación
del público infantil con el estereotipo representado por estas princesas
“adictas al matrimonio”. La respuesta a esta pregunta la encontramos en la
creación rupturista de la última de las princesas de la Factoría Disney, Merida, en el 2012.
Desde los años 80 y con la entrada sel s. XXI
se han generalizado cambios sociales como la incorporación de la mujer al mundo
laboral, la aceptación del discurso de la igualdad y la coeducación, así como
la implantación social de diferentes modelos familiares que han repercutido en
la creación de un nuevo concepto de mujer independiente y liberada. Estos
cambios hacían anacrónicos los modelos femeninos de las princesas Disney: “Una heroína con las cualidades de Cenicienta
o Blancanieves ya no sería posible en el
nuevo contexto social post Segunda Ola (feminista)”. (Martinez y Merlino,
2012).
Delante de esto la productora hace ciertas
concesiones maquillando el modelo femenino ofrecido, como en el caso de Mulán,
Rapunzel o Tiana pero manteniendo el desenlace final, que resaltaba la
dependencia que estas princesas tenían de poner un hombre en sus vidas y que
les ha permitido continuar insistiendo en la transmisión ideológica de una
visión conservadora de la normas de género. Es decir, el discurso camuflado seguía
siendo factible económica e ideológicamente hablando hasta que se ha hecho
insostenible en nuestros días.
La respuesta a esta paradoja es la creación
de un nuevo estereotipo femenino que esté relacionado con la nueva situación de
la mujer en el s. XXI. Una princesa que sea una chica independiente que es
capaz de decidir sobre su futuro y que puede cambiar su destino sin la
necesidad de la ayuda masculina. Muy al
contrario, Merida obtendrá su derecho a ser ella misma oponiéndose al
matrimonio al que estaba avocada por su condición de princesa.
Por lo tanto, esta nueva princesa del s.
XXI, nace como oposición clara al modelo de género ofertado en La Cenicienta.
Merida parece gritarle a su madre: “Basta ya de Cenicientas, Basta ya de
Blancanieves, Basta ya de Principes”, hasta el punto que esta oposición se
visualiza con la ruptura del vínculo materno representado en la separación de
ambas figuras en un gran retrato de familia.
La reparación de este vínculo aparecerá al final de la película como la
creación de un nuevo consenso entre las dos partes sobre la aceptación del nuevo estereotipo
femenino contemporáneo. Por un lado el modelo
anacrónico de princesa dependiente y sumisa, cuyo único objetivo es el
matrimonio, representado en la madre. Por otro lado la chica independiente, activa, inteligente y
que puede realizar las tareas masculinas mejor incluso que los propios hombres
( en la competición de tiro al arco supera a sus pretendientes en esta destreza
masculina) representada por Mérida.
Brave supone un auténtico viaje de ida y
vuelta entre las dos concepciones de la mujer que simbolizan madre e hija.
Gracias a un hechizo ambas mujeres se encuentran en una situación en la que
tendrán que renunciar a las características del estereotipo femenino que representan
para acercarse a la realidad de la otra. La Madre, al tener la forma física de
un oso se encontrará con su lado más salvaje y Mérida, por su parte, tendrá que
aceptar el modelo de princesa consorte como única forma de salvar a su madre.
La rendición y por tanto la comprensión de la princesa independiente lleva a su
vez a la claudicación de la reina madre, que pone en boca de su hija el
discurso que supondrá su liberación del yugo del matrimonio y la dependencia de
la figuras masculinas, que en Brave no dejan de ser un sino
un friso de fondo necesario para rellenar el relato.
La
resolución es inteligente y el proceso vital por el que pasan las dos
protagonistas hace que la comprensión mutua nos invite a la aceptación del
nuevo estereotipo femenino. Dicha aceptación es reflejada significativamente en
una escena cuando al finalizar la película las dos mujeres cabalgan juntas con
sus cabelleras al viento, lo que deja en evidencia la transformación y la adopción por parte de la madre de un rasgo representativo
de la independencia de Mérida: su
salvaje melena pelirroja.
En definitiva, Pixar ha sido el virus que
finalmente ha contagiado a Disney de cierta contemporaneidad en cuanto a la
transmisión de los nuevos estereotipos femeninos del S.XXI. Ahora, tan solo
cabe preguntarse si las niñas y niños podrán ver en las pantallas de los cines cómo se
desenvuelven las chicas independientes, las nuevas princesas, las nuevas
Méridas o volveremos a ver el discurso
camuflado de Tiana o Ranpunzel. Nos hemos de preguntar si Brave tan solo ha
sido un catarro de contemporaneidad de la factoría Disney
que se curará una vez que se ponga en cuarentena del virus de Pixar o por el
contrario las nuevas princesas dejaran que
el viento juegue con sus
cabelleras pelirrojas.
