lunes, 21 de enero de 2013

De la princesa sumisa a la chica independiente

Si he de hacer una reflexión personal sobre el proceso de aprendizaje que he llevado a cabo al realizar el trabajo en equipo sobre el tema de la coeducación en la filmografía de princesas, en primer lugar hablaría de satisfacción personal ¿Pero por qué satisfacción? Pues, por que tras un largo proceso de investigación, de búsqueda de fuentes bibliográficas y audiovisuales, de debates sin fin con mis compañeros de grupo, de contraste de la información encontrada, he podido sentir que podía aportar mi granito de arena a un campo tan y tan estudiado como el de la transmisión de  los estereotipos de género en  las películas de princesas de Disney.
Es decir, he podido aportar modestamente un argumento nuevo en esta temática.
Y ¿Cómo, os preguntaréis, un alumno de educación infantil sin  grandes conocimientos en comunicación audiovisual ha podido encontrar un vacío donde poder elaborar una opinión nueva sobre este tema?  La respuesta es fácil: encontrando una película recién estrenada sobre la que aún no se han realizado muchos estudios, Brave, la última película de princesas de Disney.
El hecho es que este nuevo film supone una ruptura de la estrategia de la factoría Disney en cuanto a los modelos femeninos presentados hasta ahora. De la princesa (Cenicienta, Blancanieves, Bella, Ariel…) sumisa han pasado a la chica independiente (Merida). Las normas de género transmitidas hasta nuestros días de princesa en princesa, estaban cayendo en un anacronismo disfuncional y por tanto estaban perdiendo su eficacia a nivel económico e ideológico. En este contexto, y aquí me he de quitar el sombrero ante la inteligencia de esta productora cinematográfica, Disney ha tenido la gran idea de que para que este cambio sea efectivo, el nuevo estereotipo femenino, Mérida, había de ser presentado y aceptado por el anterior simbolizado en la película en  la figura de su madre.  De esta manera, la transición se hace de una forma no traumática, lo que permite salir airosas a tantas princesas sumisas que han sobrevivido en los nuevos tiempos de la mujer liberada.
Y esta es mi hipótesis, que apenas ha sido esbozada en el estudio realizado con mis compañeros sobre los estereotipos. Me gustaría profundizar, buscar más detalles para fundamentar más la idea, pero, a pesar de mi entusiasmo, el tiempo y el Plan Bolonia me lo impiden, así que me quedo con la satisfacción de este pequeño hallazgo cinematográfico, que para un cinéfilo como yo es un gran tesoro.
A continuación os dejo con el texto incluído en el trabajo grupal, donde desarrollo un poco más la teoría de la transición de los dos estereotipos: De la princesa sumisa a la chica independiente:
“… Llegados a este punto, cabe preguntarse cuánto tiempo ha podido mantenerse de manera eficaz este tipo de discurso de género iniciado en  Cenicienta, de forma que la distancia con la realidad social de la mujer haga imposible la identificación del público infantil con el estereotipo representado por estas princesas “adictas al matrimonio”. La respuesta a esta pregunta la encontramos en la creación rupturista de la última de las princesas de la Factoría Disney,  Merida, en el 2012.
 Desde los años 80 y con la entrada sel s. XXI se han generalizado cambios sociales como la incorporación de la mujer al mundo laboral, la aceptación del discurso de la igualdad y la coeducación, así como la implantación social de diferentes modelos familiares que han repercutido en la creación de un nuevo concepto de mujer independiente y liberada. Estos cambios hacían anacrónicos los modelos femeninos de las princesas Disney: “Una heroína con las cualidades de Cenicienta o Blancanieves ya no sería posible  en el nuevo contexto social post Segunda Ola (feminista)”. (Martinez y Merlino, 2012).
Delante de esto la productora hace ciertas concesiones maquillando el modelo femenino ofrecido, como en el caso de Mulán, Rapunzel o Tiana pero manteniendo el desenlace final, que resaltaba la dependencia que estas princesas tenían de poner un hombre en sus vidas y que les ha permitido continuar insistiendo en la transmisión ideológica de una visión conservadora de la normas de género. Es decir, el discurso camuflado seguía siendo factible económica e ideológicamente hablando hasta que se ha hecho insostenible en nuestros días.
La respuesta a esta paradoja es la creación de un nuevo estereotipo femenino que esté relacionado con la nueva situación de la mujer en el s. XXI. Una princesa que sea una chica independiente que es capaz de decidir sobre su futuro y que puede cambiar su destino sin la necesidad de la ayuda masculina.  Muy al contrario, Merida obtendrá su derecho a ser ella misma oponiéndose al matrimonio al que estaba avocada por su condición de princesa.
Por lo tanto, esta nueva princesa del s. XXI, nace como oposición clara al modelo de género ofertado en La Cenicienta. Merida parece gritarle a su madre: “Basta ya de Cenicientas, Basta ya de Blancanieves, Basta ya de Principes”, hasta el punto que esta oposición se visualiza con la ruptura del vínculo materno representado en la separación de ambas figuras en un gran retrato de familia.
La reparación de este vínculo  aparecerá al final de la película como la creación de un nuevo consenso entre las dos partes  sobre la aceptación del nuevo estereotipo femenino contemporáneo. Por un lado el modelo  anacrónico de princesa dependiente y sumisa, cuyo único objetivo es el matrimonio, representado en la madre. Por otro lado  la chica independiente, activa, inteligente y que puede realizar las tareas masculinas mejor incluso que los propios hombres ( en la competición de tiro al arco supera a sus pretendientes en esta destreza masculina) representada por Mérida.
Brave supone un auténtico viaje de ida y vuelta entre las dos concepciones de la mujer que simbolizan madre e hija. Gracias a un hechizo ambas mujeres se encuentran en una situación en la que tendrán que renunciar a las características del estereotipo femenino que representan para acercarse a la realidad de la otra. La Madre, al tener la forma física de un oso se encontrará con su lado más salvaje y Mérida, por su parte, tendrá que aceptar el modelo de princesa consorte como única forma de salvar a su madre. La rendición y por tanto la comprensión de la princesa independiente lleva a su vez a la claudicación de la reina madre, que pone en boca de su hija el discurso que supondrá su liberación del yugo del matrimonio y la dependencia de la figuras masculinas, que en Brave no dejan de ser un  sino  un friso de fondo necesario para rellenar el relato.
 La resolución es inteligente y el proceso vital por el que pasan las dos protagonistas hace que la comprensión mutua nos invite a la aceptación del nuevo estereotipo femenino. Dicha aceptación es reflejada significativamente en una escena cuando al finalizar la película las dos mujeres cabalgan juntas con sus cabelleras al viento, lo que deja en evidencia  la transformación y la adopción por  parte de la madre de un rasgo representativo de la independencia de Mérida:  su salvaje melena pelirroja.
En definitiva, Pixar ha sido el virus que finalmente ha contagiado a Disney de cierta contemporaneidad en cuanto a la transmisión de los nuevos estereotipos femeninos del S.XXI. Ahora, tan solo cabe preguntarse si las niñas y niños podrán ver  en las pantallas de los cines cómo se desenvuelven las chicas independientes, las nuevas princesas, las nuevas Méridas o  volveremos a ver el discurso camuflado de Tiana o Ranpunzel. Nos hemos de preguntar si Brave tan solo ha sido un catarro de contemporaneidad de la factoría Disney que se curará una vez que se ponga en cuarentena del virus de Pixar o por el contrario las nuevas princesas dejaran que  el viento juegue con  sus cabelleras pelirrojas.



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